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Mi historia hasta ahora

Mi historia hasta el momento y mis motivaciones para empezar este blog.

hace 6 meses

Última Publicación Podcast #4: Daniel Watson sobre inteligencia artificial por Felipe Echandi public

Me llamo Felipe Echandi (@felcheck en todo internet). Mi nombre es de origen español. Mi apellido es vasco. Nací en Costa Rica y crecí en Panamá; ambos en el corazón de América Latina, una de las lozanas regiones tropicales de nuestro hermoso, aunque caótico, planeta.

Mi padre se llamaba Federico. Murió cuando tenía doce años al terminar la Maratón de Berlín. Mee enseñó que, en la vida, al correr una carrera que te importa, ¡uno la termina! Me enseñó cómo esquivar las olas del Océano Pacífico consumiéndome debajo de ellas y a mantener mi cabeza en alto sin ser un cabrón. Él era banquero y se mudó a Panamá para trabajar cuando era pequeño. Por este motivo crecí en Panamá y tuve que aprender a “tutear” en español (en Costa Rica “voseamos” a la gente). Esto último aún me trae problemas al escribir en mi teléfono. Compatibilidad con dos versiones de español es algo que los diseñadores de Apple no parecen priorizar demasiado.

Mi madre se llama María Fernanda. Ella nació en Nicaragua y tuvo que huir de su país natal en dos ocasiones: una debido a un terremoto que destruyó Managua, la capital nicaragüense; la otra debido a la guerra civil entre los Sandinistas y el régimen de Anastasio Somoza Debayle. Mi madre es la persona más dulce que conozco. Me enseñó a ser valiente. Me enseñó que vale la pena tomar el riesgo de expresar lo que uno piensa y siente a pesar de la posibilidad de ser fuertemente criticado.

Tengo una hermana. Se llama María Luisa y aunque nació en Costa Rica, aprendió a hablar en Panamá. Por esta razón, ella “tutea” de forma nativa. Además de una hermana, es una increíble amiga. Le atribuyo esta amistad a un hábito que nuestros padres nos inculcaron al encontrarnos peleando: teníamos que compartir porqué estamos molestos con el otro, luego debíamos compartir lo que nos gustaba del otro, y luego debíamos abrazarnos. Todavía nos reímos de estas historias.

De pequeño, era un geek. Siempre me ha gustado la tecnología y vender cosas. Hice mis primeros cien dólares vendiendo CDs personalizados con canciones bajadas de Napster y Audiogalaxy quemadas con un CD Writer de 8x que me regalaron para mi cumpleaños. Tomaba media hora quemar 20 canciones en un disco más 15 minutos para diseñar e imprimir un arte bonito con el software de Avery que usaba en la computadora Helwett Packard con procesador Pentium de 100 MHz.

Luego de la muerte de mi padre, empecé la escuela secundaria y descubrí que el mundo tenía problemas. La gente sufría. Había familias enteras viviendo en pobreza a la vuelta de mi colegio. Me di cuenta que había sido INCREÍBLEMENTE afortunado. Esto me llevó a interesarme por la política, la economía, la filosofía y eventualmente el derecho. Me leí Animal Farm de George Orwell que despertó una obsesión por las distopías que aún hoy me cautiva. Me leí Dune de Frank Herbert que despertó un frenesí por la ciencia ficción que aún hoy sigue vivo. Estas experiencias e ideas despertaron un ardiente deseo de mejorar mi vida y la de las personas a mi alrededor. Me di cuenta que quería cambiar el mundo. Pensé, ingenuamente, que la forma de hacer esto era estudiar derecho.

Apliqué a la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica. Con buenas notas y por ser ciudadano costarricense, por ~300 dólares por semestre tuve acceso a francamente una excelente educación. Aprendí sobre los fundamentos históricos y éticos de las instituciones jurídicas y los gobiernos y los cuestioné. Aprendí como los contratos y el comercio permiten que todos los días confiemos en completos extraños para llenar nuestras necesidades más básicas.

Como estudiante de primer año de la universidad, me encontré con una furiosa discusión sobre el Tratado de Libre Comercio entre República Dominicana, Centroamérica y los Estados Unidos (DR-CAFTA) que finalmente se resolvería en Costa Rica por un estrecho margen en un referéndum cuyo resultado favoreció la ratificación del tratado. Cada vez que conocía a alguien nuevo, una de las primeras preguntas que surgían eran: ¿Votarás “Sí” o “No”? El mundo era binario y las ideologías eran libros de receta que seguíamos al pie de la letra. Me sumergí de lleno en el debate y concluí que estaba a favor del libre comercio. Me convertí en un apasionado libertario. Caí en la trampa de etiquetar a la gente y de etiquetarme a mí mismo todo el tiempo.

Durante este tiempo, mi interés en cómo funciona el comercio y la confianza entre las personas me llevó a sumergirme de lleno en entender la regulación bancaria de valores y el funcionamiento del dinero y los mercados financieros. Me fascina hasta el día de hoy cómo todos tenemos un delirio compartido de asignarle valor a papel y a dígitos en bases de datos. Luego de esto descubrí Bitcoin y me voló la cabeza. Al graduarme, regresé a Panamá para trabajar en el campo financiero. Era el despacho jurídicos de mis sueños: una firma tradicional con excelentes profesionales, con un buen salario y mucho prestigio. El problema fue que no me sentí satisfecho. No estaba cambiando las cosas ni empujando los límites establecidos. Todo era increíblemente manual y analógico. Internet ya había comenzado a comerse el mundo y yo me lo estaba perdiendo.

Dejé mi trabajo y llegué a la conclusión de que no quería una carrera tradicional de abogado. Me di cuenta que el derecho era una fuerza conservadora. Al igual que la religión, el derecho es guardián de la confianza, y por lo tanto, cambia lentamente. Me di cuenta que habían fuerzas opuestas para el cambio: tecnología, arte, ciencia y emprendimiento. Estas fuerzas son dinámicas, controversiales, audaces y emocionantes. Fui a estudiar a la Universidad de Texas en Austin y a London School of Economics como una forma de pensar en lo que realmente quería hacer y descubrir dónde podría encajar en la vanguardia. Aprendí sobre sistemas y medios de pago, cámaras de compensación, dinero e instrumentos financieros. Aprendí cómo fueron construidos por bancos e instituciones heredades que no se habían puesto al día y aún hoy se resisten al cambio. Aprendí cómo estas instituciones y las viejas reglas que habían ayudado a construir habían creado gran riqueza, pero al mismo tiempo aún mantienen a gran parte de la población excluida del mundo moderno.

Decidí que no podía evitar trabajar para cambiar las cosas en mi región: un hermoso lugar con una mezcla de tradición y modernidad; una región de contrastes: indígena y europea, urbana y salvaje, extrema riqueza y extrema pobreza, autoafirmación y colonialismo, acceso y exclusión. Con dedos temblorosos, escribí un correo electrónico rechazando un trabajo con un salario anual de seis cifras en dólares en una prestigiosa institución multilateral en Washington, D.C. y me mudé de regreso a Panamá. Comencé Cuanto (YC W19) con la misión de crear verdaderos ciudadanos del internet en América Latina. Este es mi principal esfuerzo hoy y creo que es la iniciativa que simultáneamente puede lograr el mayor impacto positivo en la vida de las personas a mi alrededor y alinear mi satisfacción personal.

Esta es mi historia hasta ahora. Comencé este blog para explorar y ayudar a construir visiones optimistas y definidas del futuro de los latinoamericanos. ¿Dónde calzamos en la modernidad? ¿Cómo puede nuestra cultura y estilo de vida ser parte de la vanguardia de la experiencia humana? ¿Qué puede aprender el resto del mundo de nosotros? Necesitamos pensar en un verdadero Latinofuturismo. ¡Únete a este viaje!

Gracias a Gaytari Taley, Deepak Nuli, Amit Jotwani, Alexandra Zamora, Kirtsten Corbett, Henry Faarup y Michael Dean por leer borradores de este escrito y por una increíble retroalimentación.

Felipe Echandi

Publicado hace 6 meses